viernes, 17 de febrero de 2012

Ficha de Personaje - Mael Storm


Bueno, ya llegó el viernes… y con este, un nuevo post, pues hemos de actualizar esta página, ¿no?
Como os haremos saber, cada viernes después de la publicación de un nuevo capítulo, publicaremos lo que llamamos una “ficha de personaje”. En este caso, es el turno de Mael Storm, protagonista y único personaje aparecido en el prólogo anterior.
Comencemos:

Nombre real: Manuel González
Pseudónimo: Mael Storm
Edad: 17
Verdadero origen: Este mismo bello pueblo…
Aspecto: Un joven de aspecto alto, delgado,  y según él mismo, dotado de algo de fuerza. De ojos marrones, pelo largo, y negruzco –como él diría–, y con una cierto brillo ante la luz. Normalmente tiene una típica barba de tres días, pues él no sacaría tanto tiempo para afeitarse en un apocalipsis zombi…
A favor; es un personaje dotado de… buena forma física, está en buenas condiciones para correr y salir huyendo, así como azotar a los zetas. Eso sí, tiene una forma épica de correr…
En contra; no es completamente fuerte, que digamos. No en comparación con muchas otras personas. Y ese pelaje, siempre ha sido desfavorable para esquivar a miles de zetas deseando darte su “amor”.

Personalidad: Psicológicamente estable, em…, no. Es una persona alocada, que ante tal descarga de adrenalina, solo obedece a su instinto. En cuanto a la compañía…, alguien simpático, amable, y generoso. Hasta cierto punto. Misterioso, casi nunca revela sus más ocultos secretos, y casi nunca revela así, sus verdaderos sentimientos.
A favor; es optimista ante tal situación, y si ha de salvar a alguien de las garras de los zetas, seguramente lo hará. Inteligente, y planificador.
En contra; a veces, confiar demasiado en algo, o en tus propias facultades, te puede jugar malas pasadas. El ser alocado y dejarse llevar por sus sentimientos ocultos, quizás…

Imagen: 
  


Lema: Es mejor tener mil zombis en el exterior, que un infectado en el interior.
Papel en el relato: Protagonista, y dueño del Refugio.
Arma, o armas: Hacha de bomberos, y una réplica de ésta, tamaño Kirin (?)

¿Qué piensa sobre este apocalipsis Z?: “Sabía que pasaría… y lo estaba deseando.”
¿Qué haría, si por un casual, sobreviviera?: “No creo que sobreviva…”
Puntuación en el test de supervivencia zombi: “57%, pero no creo en las estadísticas…”

domingo, 5 de febrero de 2012

Prólogo. 10 marzo 2012


Dos de aquellas criaturas se dirigían hacia mí, levantando sus flácidos brazos para aferrarme. Abrieron sus bocas, enseñando unos dientes amarillos y putrefactos, profiriendo tan terrorífico gemido que helaba la sangre. Caminaban torpemente, tambaleándose. Sus ojos sin vida, carentes de cualquier sentimiento, eran capaces de atravesarte el alma. Sus cuerpos y los andrajos que visten están surcados de mordiscos, les faltan trozos de carne y están empapados en sangre. Gusanos y moscas anidaban bajo todos los poros de sus necróticos pellejos. Tenían forma humana, e incluso conservaban el aspecto del ser humano que fueron en un tiempo. Se les conoce por mil nombres: gules, mordedores, zetas, emes, zombis…

Son… los muertos vivientes.

Pero sus gemidos no hacían que mi cuerpo se paralizase y acongojara. A pesar de su lento y patético caminar para mí no es motivo de confianza, son más peligrosos de lo que parecen. Sus ojos no me profesan temor alguno, salen disparados de sus órbitas cuando abro sus quebradizos cráneos con mi hacha. La sangre no me intimida ni debilita, ya que estoy tan acostumbrado de ver la mía como la de los demás. En este mundo se ha convertido en algo tan común como los muertos. La podredumbre que los consume no me da asco. Puede que mantengan su forma humana. Puede que se parezcan a nuestros padres, hermanos y otros seres queridos; pero eso no me impide contemplar la realidad de la situación: ya no son ellos. Ahora son unos monstruos carentes de inteligencia o sentimientos, que ansían devorar nuestra carne, necesitan perseguirnos y desean cazarnos.

Estos dos ya estaban sobre mí. Ya olía su terrible hedor y sus gemidos sonaban cada vez más fuertes y ansiosos. Me encontraba solo, pero eran dos, no me causarían demasiados problemas. Pero si no los silenciaba inmediatamente, me encontraría con dos cadáveres sin cabeza a mis pies y doscientos cadáveres hambrientos de mi carne a mi alrededor. Tenía que acabar con ellos rápidamente y huir inmediatamente después.

El más adelantado, era un hombre que arrastraba sus tripas por el suelo, su mandíbula estaba girada de una forma extraña y perturbadora,  y prescindía del brazo izquierdo. Alargó su único brazo, acabado en una mano ensangrentada de tres dedos, hacia mí. Tomé impulso y le pateé el pecho. El zeta cayó al suelo con todo su peso. Un hueso crujió y cedió. Ahora su único brazo se giraba en un ángulo absurdo.

El peso de mi hacha resultaba reconfortante entre mis manos. Era un hacha de bombero, muy clásica: hoja y pico de acero y mango largo, de aproximadamente un metro de longitud,  y de madera. La levanté con ambas manos, y descargué el golpe mortal. La cabeza del zombi se separó con el chasquido de las vértebras y la carne al desgarrarse.  Unas gotas de sangre me salpicaron en la cara. Estas cosas apenas sangraban, y su sangre se ha convertido en un líquido espeso como un gel de color negruzco. La cabeza me miraba con ojos de pez, su boca no dejaba de abrirse y cerrarse, ansiosa de carne. Molesto, le propiné un potente puntapié que la lanzó varios metros calle abajo, rebotando como un balón. Pasé a concentrarme en el siguiente eme.

Era una mujer. Su pelo grasiento le cubría la cara. Una figura perfecta se vislumbraba bajo sus ropajes raídos y ensangrentados. Le faltaban grandes trozos de carne en torno a su cuello y en el hombro derecho. Era bastante guapa, o al menos, lo fue.

Estaba demasiado cerca. Intentar acabar con ella con un ataque tan expuesto como el de antes a una distancia tan corta sería ponerme en peligro inútilmente. En la pernera izquierda de mi pantalón llevaba un hacha de mano. Era una réplica de menor tamaño del hacha de bomberos. Un instrumento perfecto para esta clase de situaciones. Conseguí asirla, cuando las manos de la eme me agarraron de los hombros como si fueran garras. Con sus fauces a centímetros de mi cara, solté el hacha de bomberos que empuñaba en la mano derecha… con la mano libre pude agarrarla de los pelos. Aquello la frenó, pero lanzaba dentelladas  como loca. Una de aquellas veces casi consiguió arrancarme la nariz. Tiré de su pelo con fuerzas sacadas de la desesperación,  sintiendo como algunos mechones se desprendían de su cuero cabelludo, pero ella era condenadamente fuerte y no cesaba en su empeño de arrancarme la cara a mordiscos.

No aguantaría eternamente así. Reparé en el hacha de mano y un plan desesperado se forjó en mi mente.

¡Tchak! La clavícula se astilló y partió. De repente el gemido de la zombi cambió sutilmente de tono, parecía más lastimero. ¡Tchak! El hacha volvió a caer contra su cuello, más sangre me manchaba la cara. ¡Tchak! El hacha golpeaba, cortaba y desgarraba… ¡Tchak! Sangre. ¡Crack! La cabeza se separó por fin. Sus brazos me soltaron y el cuerpo, sin vida y decapitado, caía a mis pies. Levanté el brazo que sostenía la cabeza viva del zeta. Al igual que el otro, abría y cerraba la boca, ansiando morder.

¡Tokk! Mi hacha partió el cráneo de la mujer con una nueva lluvia de sangre. Su cara se transformó en un rictus de terror: boca extremadamente abierta y ojos como platos. Pero ahora estaba muerta. Si destruías su cerebro te asegurabas de su muerte. ¡Ja! Qué irónico.

Una persona aguda, que pudiera superar la repulsa y el horror, podría mirar fijamente a aquellos ojos lechosos y tal vez encontrar algo más… Siempre he querido creer que más allá de esa mirada marcada por la muerte y el dolor, habría una sombra de alivio o de descanso.

De repente, un sonido me llamó la atención. Lo conocía demasiado bien… Sonreí sarcástico ante mi mala suerte. Esta vez los zetas aparecieron por todas partes: a ambos lados de la calle, de los portales de las casas, desde balcones y ventanas, debajo de los coches. Gemían y arrastraban los pies; calculaba que serían unos cien. Y serían más si no reaccionaba. Pero no podía lanzarme a la carga contra semejante horda, porque:

–¿De qué me sirve enfrentarme contra cien zombis si no hay nadie para presenciarlo?

Mi voz sonó pastosa y reseca, y al escucharla me pareció extraña;  como si no me perteneciera. Un zombi se me acercó por la derecha.  En pocos segundos su cabeza ya estaba separada del cuerpo y rodando por el suelo. Ya estaban muy cerca. Ha sido una gilipollez quedarme aquí parado y dejar que se acercaran tanto. Me habían rodeado y no quedaba ningún hueco entre los eme. Me negaba a morir allí. Otro zombi me atacó y perdió también la cabeza –literalmente–. No podía quedarme allí ni un segundo más. Así que corrí.

Al moverme, los zombis gimieron con renovadas ansias y arrastraban los pies con mayor velocidad. Sus manos ya casi me agarraban. Movido por la adrenalina del momento, salté sobre el maletero del coche más cercano. Subí sobre el techo y los zombis rodearon el vehículo. Sus manos cortaban el aire buscando mis piernas. Guardaba el equilibrio a duras penas, pues los zetas zarandeaban el automóvil con sus brazos y cuerpos. Entendí que los coches serían mi escapatoria. Por suerte para mí, había varios coches, no muy voluminosos, aparcados en fila delante de mí. Debía de saltar sobre al menos tres para superar la muralla de muertos.

Salté al siguiente coche, de chirriante color amarillo. Desafortunadamente, más que saltar, caí sobre el maletero del otro coche. Me lastimé las muñecas y las rodillas, pero no había ningún daño importante que lamentar. El fuerte golpe hizo que la alarma antirrobo saltara. Aquello pareció exaltar a los zombis. Tardé un par de segundos en reaccionar.

–Mierda –maldije en voz alta.

Súbitamente, unas manos frías y repulsivas se cerraron como tenazas en torno a mis piernas. La alarma no cesaba de sonar, y eso no mejoraba la situación.

–¡Mierda!¡Mierda!¡Mierda! –maldije de nuevo con ira renovada.

Me arrastraron por la resbaladiza superficie del maletero. Pegué varias patadas a ciegas, intentando escapar. Sentí romperse dedos, y creo que una nariz bajo mis pies. Así, conseguí liberarme e incorporarme. Pero los problemas no dejaban de presentarse. Un zombi se subió al capó para atraparme. Grité:

–¡COCHE AMARILLO!

Y salté sobre el zeta, derribándolo con un gancho de izquierda. La fuerza del golpe hizo que el monstruo perdiera el equilibrio y cayera sobre la multitud. Agité mi mano dolorida para intentar hacer desaparecer el dolor. Estos bichos son condenadamente duros. Mientras tanto, una eme reptaba para subir al capó. Suspiré al borde de la exasperación:

–¡Que te jodan! –aullé furioso.

Descargué el hacha de bomberos contra su cabeza. ¡Tch-crack-ka! El hacha partió la cabeza de la zombi como si de una sandía se tratara. Su cuerpo inerte resbaló sobre el capó, manchándolo de sangre negruzca.
Tuve que saltar varios coches más para ganarle terreno a mis perseguidores. Cuando por fin bajé del último coche, no me detuve ni un segundo, corrí. Mi cuerpo empezaba a debilitarse y el cansancio embotaba mis sentidos. Pero la adrenalina y, principalmente, los gemidos que oía a mis espaldas me impulsaban para correr con todas mis fuerzas.

Giré a la derecha en la primera esquina a toda velocidad. No tenía la más remota idea de dónde estaba, pero me guiaba gracias al rastro de cadáveres decapitados que había ido dejando atrás.

Varios zetas me salieron al paso, interceptándome.  Podía esquivarlos, pero a los que se acercaron demasiado les empujé para apartarlos de mi camino. Esta vez no podía detenerme para matarlos. En la siguiente esquina giré a la izquierda. Me detuve un momento para recuperar el aliento. Apoyándome en la pared, respiré profundamente para llenar mis pulmones de aire. Inspiré y expiré con fuerza. Estaba aliviado de haber puesto tierra de por medio entre aquella horda tambaleante y yo. Pero aún estaban cerca. Aún oía sus gemidos y lamentas plañideros. Tardé menos de un minuto en recuperar la compostura. Inmediatamente volví a la acción y salí de allí a la carrera. Mi meta: mi casa, la fortaleza… el Refugio.

Más zombis me salían al paso  queriéndome devorar. Todo lo que conocíamos ha desaparecido. Cada vez somos menos los humanos que luchamos por defender nuestro bien más preciado: la vida. Estamos al borde de la extinción. 

En el Apocalipsis Z, no hay sitio para los supervivientes.

Soy Mael Storm, aunque ese no es mi verdadero nombre. Soy alto y ancho de hombros, ágil, resuelto. Y soy uno de los pocos que se resiste a morir. Ya os he hablado de los zetas, de su hambre infinito por la carne viva y la sangre. Y estoy seguro de que habrán notado mi habilidad con el hacha para acabar con ellos.

¿Qué más puedo decir? ¿Si llevo barba? ¡Claro! Afeitarme  es complicado cuando tienes un par de zombis intentado comerte los sesos. Además tengo ojos oscuros, y el pelo aún más oscuro, largo, y espeso. Estos son detalles sin importancia.

– ¡Soy Mael Storm! ¡Y no tengo miedo a los muertos vivientes!