Dos de aquellas criaturas se dirigían
hacia mí, levantando sus flácidos brazos para aferrarme. Abrieron sus bocas,
enseñando unos dientes amarillos y putrefactos, profiriendo tan terrorífico
gemido que helaba la sangre. Caminaban torpemente, tambaleándose. Sus ojos sin
vida, carentes de cualquier sentimiento, eran capaces de atravesarte el alma.
Sus cuerpos y los andrajos que visten están surcados de mordiscos, les faltan
trozos de carne y están empapados en sangre. Gusanos y moscas anidaban bajo
todos los poros de sus necróticos pellejos. Tenían forma humana, e incluso
conservaban el aspecto del ser humano que fueron en un tiempo. Se les conoce
por mil nombres: gules, mordedores, zetas,
emes, zombis…
Son… los muertos vivientes.
Pero sus gemidos no hacían que mi cuerpo
se paralizase y acongojara. A pesar de su lento y patético caminar para mí no
es motivo de confianza, son más peligrosos de lo que parecen. Sus ojos no me
profesan temor alguno, salen disparados de sus órbitas cuando abro sus
quebradizos cráneos con mi hacha. La sangre no me intimida ni debilita, ya que
estoy tan acostumbrado de ver la mía como la de los demás. En este mundo se ha
convertido en algo tan común como los muertos. La podredumbre que los consume
no me da asco. Puede que mantengan su forma humana. Puede que se parezcan a
nuestros padres, hermanos y otros seres queridos; pero eso no me impide
contemplar la realidad de la situación: ya no son ellos. Ahora son unos
monstruos carentes de inteligencia o sentimientos, que ansían devorar nuestra
carne, necesitan perseguirnos y desean cazarnos.
Estos dos ya estaban sobre mí. Ya olía su
terrible hedor y sus gemidos sonaban cada vez más fuertes y ansiosos. Me
encontraba solo, pero eran dos, no me causarían demasiados problemas. Pero si
no los silenciaba inmediatamente, me encontraría con dos cadáveres sin cabeza a
mis pies y doscientos cadáveres hambrientos de mi carne a mi alrededor. Tenía
que acabar con ellos rápidamente y huir inmediatamente después.
El más adelantado, era un hombre que
arrastraba sus tripas por el suelo, su mandíbula estaba girada de una forma
extraña y perturbadora, y prescindía del
brazo izquierdo. Alargó su único brazo, acabado en una mano ensangrentada de
tres dedos, hacia mí. Tomé impulso y le pateé el pecho. El zeta cayó al suelo con todo su peso. Un hueso crujió y cedió. Ahora
su único brazo se giraba en un ángulo absurdo.
El peso de mi hacha resultaba
reconfortante entre mis manos. Era un hacha de bombero, muy clásica: hoja y
pico de acero y mango largo, de aproximadamente un metro de longitud, y de madera. La levanté con ambas manos, y
descargué el golpe mortal. La cabeza del zombi se separó con el chasquido de
las vértebras y la carne al desgarrarse.
Unas gotas de sangre me salpicaron en la cara. Estas cosas apenas
sangraban, y su sangre se ha convertido en un líquido espeso como un gel de
color negruzco. La cabeza me miraba con ojos de pez, su boca no dejaba de
abrirse y cerrarse, ansiosa de carne. Molesto, le propiné un potente puntapié
que la lanzó varios metros calle abajo, rebotando como un balón. Pasé a
concentrarme en el siguiente eme.
Era una mujer. Su pelo grasiento le
cubría la cara. Una figura perfecta se vislumbraba bajo sus ropajes raídos y
ensangrentados. Le faltaban grandes trozos de carne en torno a su cuello y en
el hombro derecho. Era bastante guapa, o al menos, lo fue.
Estaba demasiado cerca. Intentar acabar
con ella con un ataque tan expuesto como el de antes a una distancia tan corta
sería ponerme en peligro inútilmente. En la pernera izquierda de mi pantalón
llevaba un hacha de mano. Era una réplica de menor tamaño del hacha de
bomberos. Un instrumento perfecto para esta clase de situaciones. Conseguí
asirla, cuando las manos de la eme me
agarraron de los hombros como si fueran garras. Con sus fauces a centímetros de
mi cara, solté el hacha de bomberos que empuñaba en la mano derecha… con la
mano libre pude agarrarla de los pelos. Aquello la frenó, pero lanzaba
dentelladas como loca. Una de aquellas
veces casi consiguió arrancarme la nariz. Tiré de su pelo con fuerzas sacadas
de la desesperación, sintiendo como
algunos mechones se desprendían de su cuero cabelludo, pero ella era
condenadamente fuerte y no cesaba en su empeño de arrancarme la cara a
mordiscos.
No aguantaría eternamente así. Reparé en
el hacha de mano y un plan desesperado se forjó en mi mente.
¡Tchak! La clavícula se astilló y partió.
De repente el gemido de la zombi cambió sutilmente de tono, parecía más
lastimero. ¡Tchak! El hacha volvió a caer contra su cuello, más sangre me
manchaba la cara. ¡Tchak! El hacha golpeaba, cortaba y desgarraba… ¡Tchak!
Sangre. ¡Crack! La cabeza se separó por fin. Sus brazos me soltaron y el
cuerpo, sin vida y decapitado, caía a mis pies. Levanté el brazo que sostenía
la cabeza viva del zeta. Al igual que el otro, abría y cerraba la boca,
ansiando morder.
¡Tokk! Mi hacha partió el cráneo de la
mujer con una nueva lluvia de sangre. Su cara se transformó en un rictus de
terror: boca extremadamente abierta y ojos como platos. Pero ahora estaba
muerta. Si destruías su cerebro te asegurabas de su muerte. ¡Ja! Qué irónico.
Una persona aguda, que pudiera superar la
repulsa y el horror, podría mirar fijamente a aquellos ojos lechosos y tal vez
encontrar algo más… Siempre he querido creer que más allá de esa mirada marcada
por la muerte y el dolor, habría una sombra de alivio o de descanso.
De repente, un sonido me llamó la
atención. Lo conocía demasiado bien… Sonreí sarcástico ante mi mala suerte.
Esta vez los zetas aparecieron por
todas partes: a ambos lados de la calle, de los portales de las casas, desde
balcones y ventanas, debajo de los coches. Gemían y arrastraban los pies;
calculaba que serían unos cien. Y serían más si no reaccionaba. Pero no podía
lanzarme a la carga contra semejante horda, porque:
–¿De qué me sirve enfrentarme contra cien
zombis si no hay nadie para presenciarlo?
Mi voz sonó pastosa y reseca, y al
escucharla me pareció extraña; como si
no me perteneciera. Un zombi se me acercó por la derecha. En pocos segundos su cabeza ya estaba
separada del cuerpo y rodando por el suelo. Ya estaban muy cerca. Ha sido una
gilipollez quedarme aquí parado y dejar que se acercaran tanto. Me habían
rodeado y no quedaba ningún hueco entre los
eme. Me negaba a morir allí. Otro zombi me atacó y perdió también la
cabeza –literalmente–. No podía quedarme allí ni un segundo más. Así que corrí.
Al moverme, los zombis gimieron con
renovadas ansias y arrastraban los pies con mayor velocidad. Sus manos ya casi
me agarraban. Movido por la adrenalina del momento, salté sobre el maletero del
coche más cercano. Subí sobre el techo y los zombis rodearon el vehículo. Sus
manos cortaban el aire buscando mis piernas. Guardaba el equilibrio a duras
penas, pues los zetas zarandeaban el automóvil con sus brazos y cuerpos.
Entendí que los coches serían mi escapatoria. Por suerte para mí, había varios
coches, no muy voluminosos, aparcados en fila delante de mí. Debía de saltar
sobre al menos tres para superar la muralla de muertos.
Salté al siguiente coche, de chirriante
color amarillo. Desafortunadamente, más que saltar, caí sobre el maletero del
otro coche. Me lastimé las muñecas y las rodillas, pero no había ningún daño
importante que lamentar. El fuerte golpe hizo que la alarma antirrobo saltara.
Aquello pareció exaltar a los zombis. Tardé un par de segundos en reaccionar.
–Mierda –maldije en voz alta.
Súbitamente, unas manos frías y
repulsivas se cerraron como tenazas en torno a mis piernas. La alarma no cesaba
de sonar, y eso no mejoraba la situación.
–¡Mierda!¡Mierda!¡Mierda! –maldije de
nuevo con ira renovada.
Me arrastraron por la resbaladiza
superficie del maletero. Pegué varias patadas a ciegas, intentando escapar.
Sentí romperse dedos, y creo que una nariz bajo mis pies. Así, conseguí
liberarme e incorporarme. Pero los problemas no dejaban de presentarse. Un
zombi se subió al capó para atraparme. Grité:
–¡COCHE AMARILLO!
Y salté sobre el zeta, derribándolo con un gancho de izquierda. La fuerza del golpe
hizo que el monstruo perdiera el equilibrio y cayera sobre la multitud. Agité
mi mano dolorida para intentar hacer desaparecer el dolor. Estos bichos son
condenadamente duros. Mientras tanto, una eme
reptaba para subir al capó. Suspiré al borde de la exasperación:
–¡Que te jodan! –aullé furioso.
Descargué el hacha de bomberos contra su
cabeza. ¡Tch-crack-ka! El hacha partió la cabeza de la zombi como si de una
sandía se tratara. Su cuerpo inerte resbaló sobre el capó, manchándolo de
sangre negruzca.
Tuve que saltar varios coches más para
ganarle terreno a mis perseguidores. Cuando por fin bajé del último coche, no
me detuve ni un segundo, corrí. Mi cuerpo empezaba a debilitarse y el cansancio
embotaba mis sentidos. Pero la adrenalina y, principalmente, los gemidos que
oía a mis espaldas me impulsaban para correr con todas mis fuerzas.
Giré a la derecha en la primera esquina a
toda velocidad. No tenía la más remota idea de dónde estaba, pero me guiaba
gracias al rastro de cadáveres decapitados que había ido dejando atrás.
Varios zetas me salieron al paso, interceptándome. Podía esquivarlos, pero a los que se
acercaron demasiado les empujé para apartarlos de mi camino. Esta vez no podía
detenerme para matarlos. En la siguiente esquina giré a la izquierda. Me detuve
un momento para recuperar el aliento. Apoyándome en la pared, respiré
profundamente para llenar mis pulmones de aire. Inspiré y expiré con fuerza.
Estaba aliviado de haber puesto tierra de por medio entre aquella horda
tambaleante y yo. Pero aún estaban cerca. Aún oía sus gemidos y lamentas
plañideros. Tardé menos de un minuto en recuperar la compostura. Inmediatamente
volví a la acción y salí de allí a la carrera. Mi meta: mi casa, la fortaleza…
el Refugio.
Más zombis me salían al paso queriéndome devorar. Todo lo que conocíamos
ha desaparecido. Cada vez somos menos los humanos que luchamos por defender
nuestro bien más preciado: la vida. Estamos al borde de la extinción.
En el
Apocalipsis Z, no hay sitio para los supervivientes.
Soy Mael Storm, aunque ese no es mi
verdadero nombre. Soy alto y ancho de hombros, ágil, resuelto. Y soy uno de los
pocos que se resiste a morir. Ya os he hablado de los zetas, de su hambre
infinito por la carne viva y la sangre. Y estoy seguro de que habrán notado mi
habilidad con el hacha para acabar con ellos.
¿Qué más puedo decir? ¿Si llevo barba?
¡Claro! Afeitarme es complicado cuando
tienes un par de zombis intentado comerte los sesos. Además tengo ojos oscuros,
y el pelo aún más oscuro, largo, y espeso. Estos son detalles sin importancia.
– ¡Soy Mael Storm! ¡Y no tengo miedo a
los muertos vivientes!
Acabe en este blog por error, pero ahora me doy cuenta de que ha merecido la pena. El relato empieza muy bien, al estilo Resident Evil o The Walking Dead. Espero la continuación cuanto antes.
ResponderEliminarBienvenido y muchísimas gracias por tu crítica, Lucifer. Soy Mael, el escritor, y espero estar a la altura de dos grandes como Resident Evil y The Walking Dead (ambos son algunas de mis fuentes de inspiración). Espero verte más a menudo por este blog.
EliminarP.D:comentarios como estos me animan a escribir jeje.
De nada Manuel xD Espero que la continuación sea digna de el prologo. Por cierto, se nota mucho que tu mayor inspiracion es The Walking Dead, la escena del prologo es parecida a una de la serie xD Venga, la imaginación es poder, y debes de ser poderoso :)
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